Tú
que me pides creer en el amor
para
liberar mi alma
de
la prisión del rencor.
Dime
¿de qué me sirve liberarla?
Si
ya la tengo muerta y mutilada.
Ni
el Diablo podrá alegrarse.
Total
¿quién desea las cosas en mal estado?
Si,
fríamente, me la destrozaron.
No
me pidas que te cuente
la
historia de todo lo sucedido.
La
conté varias veces, querido amigo,
que
recibí un castigo:
desterrarla
de mi memoria.
Ni
llorar me dejaron.
Decían
que tenía que seguir mi rumbo.
Quisieron
lavarse las manos
los
mismos que la mataron.
Quisieron
confundir paz con indiferencia
ya
que a ellos les convenía.
Mientras
que mi alma desangraba,
yo
por dentro agonizaba.
¡Déjenme
llorar mi desgracia!
¡Denme
un tiempo de luto
para
llorarla!
Luego
tendré que decir adiós
a
mi alma mutilada.
Hernán Sanchez Mérida